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Ruben Cano de mi vida

A muchos de los que ya peinanos canas, el clamoroso “no gol” de Javi Flores nos ha traído a la memoria el mal llamado -porque nunca fue tal- “gol de Cardeñosa”. Corría el verano del 78 y España disputaba por fin un mundial después de mucho tiempo de intrascendencia internacional. El “flaco” Cardeñosa era un grandísimo jugador que marcó una época en el Betis. Típico zurdito talentoso, delgado y elegante; pero aquel maldito día de junio en el estadio argentino de Mar del Plata, marró un gol a puerta vacía que marcaría su vida desde entonces. El “gol de Cardeñosa” dio la vuelta al mundo y pasó a la posteridad como sinónimo y metáfora de fallo garrafal para cruz del internacional español nacido en Valladolid.

El Hércules por entonces caminaba victorioso en la primera división así que para muchos de nosotros, aquel mundial fue nuestro despertar a la selección española, hasta ese momento absolutamente eclipsada por el equipo de nuestros amores. Tengo fresco por ejemplo, aquel gol de Asensi ante Suecia que al menos sirvió para salvar la honrilla de aquel equipo que retornó de vacío de la Argentina de Videla. Pero sin duda, el momento que más marcó mis primeros flirteos con la selección no sucedió en el mundial sino en su fase clasificatoria, y curiosamente también estuvo asociado al talentoso Cardeñosa.

Nos jugábamos el pase a la fase final en un último partido a cara de perro contra Yugoslavia, en lo que después se calificó como la “batalla” de Belgrado; de donde por cierto, poco más tarde nos llegaría un tal Kustudic para ingresar en nuestras filas. Aquel partido era de la máxima y nadie en su sano juicio quería perdérselo por más que a los de mi quinta nos pillara justamente en horario escolar. No costó mucho, la verdad, convencer a nuestros profesores de la trascendencia del match, así que el día de autos nos juntaron a todos en el salón de actos y colocaron encima de un par de mesas en precario equilibrio, una minúscula tele con cuernos de esas tan típicas a finales de los 70. Como habrán adivinado allí no se podía ver un pimiento, pero afortunadamente sí que se escuchaba bastante bien. Así que permanecimos sentados en silencio, conteniendo la respiración mientras intentábamos intuir la jugada inútilmente en la pantalla. Sin embargo, les aseguro que si cierro los ojos, todavía hoy puedo ver nítidamente aquel centro del “flaco” Cardeñosa desde la izquierda que remató mordido Rubén Cano para marcar aquel histórico gol que nos ponía camino de Argentina y que desencadenó la locura más maravillosa en aquel salón de actos de mi infancia.