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Un sinvivir con Enrique Ortiz

Si escribir en España es llorar, hacerlo sobre el Hércules es patalear. Allá vamos una vez más. Les prometo que uno siempre pretende ser positivo y ver el vaso medio lleno pero hoy no tengo cuerpo, se me ha ido la Hoya -de Lorca para ser exactos-. Enrique Ortiz lo ha conseguido una vez más. Sus decisiones son como el juego del equipo, más tarde o más temprano siempre consiguen ponerte de mala leche.

Llegó al club en 1999 como salvador y lo tuvo todo para salir a hombros y ocupar para siempre un hueco en la memoria de todos los herculanos. Pocas veces se ha dado semejante conjunción de los astros: un equipo que partía prácticamente de cero, una afición entregada y agradecida por su gesto salvador, un ayuntamiento que se lo pintaba de azul, un estadio mundialista, un club con solera y arraigo, y lo más importante, el dinero como castigo. Así se las ponían a Fernando VII. Pero sin embargo ahí estamos, objetivamente mucho peor que cuando llegó tras más de tres lustros de viaje a ninguna parte. No hay paños calientes posibles, es difícil hacerlo tan mal con semejantes cartas, no hay excusa creíble para tan palmaria realidad. Eso sí, por lo menos estamos vivos, algo es algo.

Entre las muchas preguntas que uno va acumulando tras su experiencia vital y que de vez en cuando se presentan inesperadamente para provocarte de nuevo esa desazón de lo desconocido: ¿Estamos solos en el universo? ¿Sobreviremos al cambio climático? ¿La Vía Parque se terminará algún día?, se ha colado desde hace tiempo una de tinte blanquiazul ¿Cómo un hombre de tan indudable éxito empresarial y social puede hacerlo tan rematadamente mal en la gestión de un club? He buscado una y otra vez infructuosamente solución a esta paradoja. Lo siento, no tengo respuesta.

Ya sé que yo no soy nadie, un mindundi, un simple aficionado herculano cabreado más, pero me encantaría poder un día charlar con Enrique, del que por otra parte dicen quienes lo conocen que es un buen tipo (sic) y preguntarle de tú a tú estas y otras muchas cuestiones. Ya metidos en harina y sintiéndome importante probablemente tras el segundo gin-tonic aprovecharía para aconsejarte –permite que te tutee Enrique– que visto lo visto solo te queda una alternativa si quieres pasar a la historia como el que rescató al club en un momento complicado y no como el que lo enterró definitivamente: firma el empate Enrique. Paga lo que se debe –sin presumir, solo lo justo y necesario para no cerrar y salvar los muebles– y después cede el testigo y vete a casa como un señor. Entonces te aseguro que el tiempo pondrá a cada uno en su lugar y tú felizmente volverás a ser reconocido por la afición como lo fuiste en su momento. Si hace falta traemos a Carlinhos Brown otra vez.

Chepa que estás en el cielo

Existe un universo paralelo donde un 9 de octubre Jaime I conquista Alicante para la cristiandad, la Vía Parque se termina y Enrique Ortiz utiliza los dieciocho millones para lo que debe: saldar la deuda del Hércules con Hacienda. Sin embargo la realidad es tozuda y ahí andamos, con un conseller de transparencia, la Vía Parque por hacer y un equipo de fútbol en continuo equilibrio al borde del abismo. Nadie dijo que fuera fácil ser alicantino.

Viendo el panorama actual en la ciudad uno no alcanza a entender cómo hace 100 años fuimos capaces de alumbrar a todo una tropa de personajes ilustres: Emilio Valera, Gabriel Miró, Óscar Esplá, Figueras Pacheco, Vicente Bañuls, Germán Bernácer y algunos más que seguro olvido, paseaban por la explanada hace justamente un siglo. ¿Qué carajo comieron nuestras tatarabuelas para gestar aquella generación? Poco ha dicho la ciencia sobre esto. No es de extrañar que en semejante ambiente, también dos hitos de nuestra identidad vieran la luz: el Hércules Football Club en 1922 y les fogueres de San Chuan en 1928.

Precisamente el próximo día 19 de junio se cumplirán 78 años de la muerte de uno de aquellos gigantes que definieron el Alicante de hoy.  Gigante sí, porque a pesar de su cuerpo menudo y contrahecho, Vicente Pastor de la Llosa Alfosea fue uno de los grandes. Fundador y alma del Hércules Club de Fútbol, “el Chepa” nació en 1902 en la calle Toledo, en pleno casco antiguo de la ciudad, aunque muy pronto se traslada a vivir con su tía Teresa en el número 42 de la calle Sagasta, la actual calle San Francisco de la que ya nunca se movió. Ya en 1914 y con tan solo doce años frecuenta las escuelas salesianas recién inauguradas en el ensanche alicantino, donde acude para ver jugar al Sporting, equipo fundado por el padre Jaime Buch y donde definitivamente el pequeño Vicentet queda prendado por el football, aquel sport que en los albores del siglo XX se hizo un hueco entre los jóvenes de toda Europa y que llegó a Alicante por mor de un eclipse. Fue allí mismo donde se fraguó la idea de formar un equipo al que más tarde el Chepa y los suyos bautizaron como Hércules Football Club y vistieron de rojiblanco.

Aquel aleteo de mariposa nos trajo hasta aquí. Más de cien años después el Hércules es ya patrimonio de Alicante y parte indisoluble de su historia. Gracias al empeño inicial de Vicente Pastor y al de otros muchos alicantinos de bien que continuaron su labor, hemos disfrutado de veinte años en Primera División, paseado el nombre de nuestra ciudad por toda España y vivido en primera persona un campeonato del mundo. Aquel Mundial 82 que puso a Alicante en el mapa y que supuso para la ciudad la mejor campaña publicitaria de toda su historia. Sin duda en aquel gran éxito intervino mucha gente, pero una cosa es segura: hubiera sido imposible sin el Hércules.

Por estas y otras muchas razones, perder hoy un referente como este sería imperdonable. Alicante no tiene apenas piel para más cicatrices, mucho menos cuando todavía escuece la herida dejada por la CAM.

Y líbranos del mal amén.

AMARCORD

Entre fracasos y despedidas últimamente se está llorando mucho por Romeu Zarandieta. Reconozco que yo también estuve en un tris el otro día al ver a nuestro apoderado en la zona noble del Martínez Valero. ¿Se imaginan a Florentino Pérez acudiendo al palco del Calderón? Pues en ese nivel nos movemos. Así que vencido por la tristeza y la melancolía me ha dado por escuchar fados y ver películas antiguas. Una de mis favoritas es sin duda Amarcord, debilidad que como la del Hércules, es una herencia sentimental. Fue mi padre el que me introdujo en la película de Fellini de igual manera que lo hizo con el equipo blanquiazul y con tantas otras cosas. No le guardo rencor no crean.

Como al protagonista de la película me ha dado por recordar. Y es que para bien o para mal pertenezco a una generación que creció utilizando el “macho Hércules” a modo de saludo y eso marca. Se me hace insoportable esta levedad actual del equipo que alumbró el Chepa en el infrafútbol de la Segunda B. Si usted tiene más de 50 años sabrá de qué le hablo, pero puede que al resto les resulte difícil asimilar esto: hubo una época en la que fuimos capaces de construir un estadio mundialista, jugar ocho años seguidos en Primera División plantándole cara a los grandes, disputar unos cuartos de final de Copa y tocar Europa con la punta de los dedos. Se lo crean o no es verdad, yo estuve allí y lo vi, lo juro.

Cómo habrá cambiado el cuento hoy en día que hasta el advenimiento de Ramírez y su proyecto crea ilusión. Les confieso que a mí esto de que alguien tenga un plan sobre el Hércules ya de entrada me emociona, soy un sentimental no lo puedo evitar. Llevamos tantos años dando bandazos y cambiando de rumbo que como mínimo “el del plan” creo que se merece una oportunidad. La cuestión es ¿le dejarán? ¿cederá Ortiz por fin la manija? ¿vestiremos de franjiazul el año que viene?

Puestos a ser positivos y agarrándonos a la historia -que es básicamente lo que nos queda-, me viene a la mente otro Vizcaíno que tuvimos como presidente allá por los albores del Club, José Antonio de Larrinaga y Gorostiza, originario de Durango y al que Vicente Pastor, de oficio fundador, supo con su buen hacer atraer a la órbita herculana. Aquel empresario vasco se mantuvo en el cargo desde 1931 hasta el comienzo de la guerra civil, y junto con Renato Bardín, Agustín Gosálvez, el propio Vicente Pastor y otros muchos herculanos de bien, formaron parte de un grupo de directivos de leyenda que consiguieron construir un estadio de primer nivel y llevar al equipo a la Primera División en la temprana fecha de 1935. Casi ná.

El futuro quitará o dará razones. Pero de momento me están dando ganas tremendas de subirme a un árbol y gritar con todas mis fuerzas: “¡Yo voglio un capocannoniereeri!”

STADIUMLESS

Salvo que usted acabe de aterrizar desde Marte, ya sabrá que el Rico Pérez ha cambiado de titularidad. Por supuesto también sobre esto, como sobre cualquier otra cosa dentro del universo blanquiazul, hay opiniones para todos los gustos, tantas como alineaciones posibles y sino que se lo pregunten a Tevenet; de seguir en esta línea calculo que como mucho en un par de meses tendrá definido el equipo tipo. Si es que somos unos ansias.

Volviendo al tema. Muchos dicen que no importa, que tal vez sea incluso hasta mejor para el club, que no pasa nada por no tener estadio y que lo relevante de verdad sería tener una ciudad deportiva… Pero a mí no me convencen. Digan lo que digan eso de no tener casa y vivir de alquiler no termina de gustarme.

Parece que fue ayer pero si hacemos cuentas va para más de 42 años que se inauguró el estadio José Rico Pérez y con él, el tiempo más maravilloso que ha vivido nuestro club hasta la fecha. Remarco esto de “hasta la fecha” porque soy un optimista incombustible y estoy seguro que vendrán tiempos todavía mejores que aquellos, lo que no tengo ya tan claro es si me dará tiempo a saborearlos. Pues bien, aquel 3 de agosto de 1974 quedó declarado entre el herculanismo el estado de alegría más absoluta, con un ascenso y un estadio nuevo no era para menos. El ciclo de ocho años que comienza con aquel hito histórico y que se cierra con la remodelación del estadio y la celebración del mundial en el 82, son de hecho desde entonces considerados como la “época dorada” de nuestro club. Perdonen que les diga, pero yo estuve allí, y como a todos los demás que lo vivimos en primera persona, aquello nos dejó una muesca de club grande que nos persigue indolente por más que pasemos catorce años penando por la segunda B.

Algo más de una década más tarde, en el año 1994, precisamente la venta de aquel estadio al ayuntamiento nos permitió sobreponernos a una grave crisis que amenazaba nuestra supervivencia. Después de aquello ya lamentablemente nunca volvió a ser nuestro, y aquel estadio asimétrico, setentero y mundialista, fue adquirido primero por Enrique Ortiz en forma de Aligestión en el año 2007 y ahora finalmente por la Generalitat a través del IVF. Así que en realidad si lo pensamos, llevamos viviendo de alquiler más de veinte años. Quizá por eso apenas si ha habido alguna reacción entre la hinchada ante el último cambio de titularidad del estadio, estamos ya tan acostumbrados a estas y otras cosas que nada nos pilla de sorpresa. Mucho me temo que muy pronto toda una generación de herculanos cumplirá su ciclo vital blanquiazul sin haber tenido más patrimonio que su ilusión en un futuro mejor.