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O PÁ

El otro día en el trabajo me abrasé el índice y el pulgar con un lápiz USB. Como lo oyen. Quería hacer una copia de seguridad así que metí el pen en el ordenador, pero tras varios intentos infructuosos de acceder a su contenido a través del explorador del güindous, decidí probar suerte con otra de las tomas que existen en el frontal de la torre para insertar este tipo de dispositivos. Maldita la hora, porque al agarrarlo para desconectarlo, literalmente me quemé. Como diría mi amigo de la infancia Andresín, “se conoce” que había un cortocircuito.

Lo primero que me vino a la cabeza fue que tal vez se tratara de un producto de la marca SAMSUNG, así que por instante incluso temí que explotara amputándome irremediablemente varios dedos de mi querida mano derecha. Justamente esa mañana había leído en algún sitio que no solo los móviles de la marca coreana sino que también las lavadoras son peligrosas e inmediatamente pensé que yo era la primera víctima de una nueva incorporación en la lista de dispositivos defectuosos de la firma asiática.

Son realmente curiosas esas extrañas asociaciones que por su cuenta y riesgo produce la mente humana en apenas milésimas de segundo. Asociaciones a veces tan estúpidas como la que me sucede a mí con Omgbá, que siempre me suena a “o pá”. Cada vez que oigo el nombre del camerunés, sin querer me salta el automatismo y replico muy a pesar mío: “vamo haser un corral”. Verdaderamente la mente humana es inescrutable.

Lo malo es que el domingo me tocaba plancha. Ojo, de esas de vapor que queman un huevo y te pueden hacer un roto si te descuidas, así que con el antecedente del USB en mente, me pasó como a Tevenet ante la visión del campo del Saguntino: de entrada firmaba el empate. En ese reparto tácito de las tareas del hogar en el que irremediablemente el hombre moderno ha perdido la batalla, la plancha es mía. Es peligrosa lo sé, pero al menos me permite escuchar la radio mientras cumplo con mi deber doméstico.

Así que allí estaba yo como un clavo a las seis de la tarde, con los cascos en ristre, la plancha amenazante resoplando vapor, una pila de ropa resultante de una semana de “mañana me pongo“, y tres niños pequeños jugando a mi alrededor. Que no pase ná.

Visto lo visto la cosa no resultó del todo mal; en casa no hubo heridos y en Sagunto conseguimos un punto que al menos sirve para mantenernos en promoción. Algo es algo; más si tenemos en cuenta que en la primera parte el Saguntino apretó de tal manera que yo dejé el asidero de la plancha como los mandos del Scalextric. Además los niños pasaron un buen rato pitorreándose de mí por aquello del “vamo haser un corral“. No les quiero contar cuando entró Miñano.