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Tu nombre me sabe a fútbol

La primera vez que visité El Collao marqué un gol. Córner desde la izquierda, el portero sale a por uvas, controlo con el pecho y lanzó una volea imparable con la diestra. Golazo; el cero a dos que sentencia el partido. Calculo que tendría 17 años y todo el futuro por delante. De aquella etapa de futbolista me quedan un montón de amigos, algunas cicatrices y un baúl lleno de nostalgia y reproches. No lo abriré hoy.

Para aquel grupo de chavales en edad juvenil con los que compartí tanto, jugar en El Collao suponía todo un hito. Aquel era un campo de los de verdad, de esos cuyo nombre suena por la radio y donde los profesionales se juegan las habichuelas los domingos, así que pasamos ilusionados la semana contando los días en espera de la ansiada cita en Alcoy. No nos decepcionó.

Al entrar en el vestuario ya daban ganas de hacer psicofonías para captar los sonidos del más allá futbolero y así poder escuchar embelesado charlas tácticas con formaciones incomprensibles en forma de “doble-uve-eme”, cinco delanteros, interiores y otras jergas de la prehistoria balompédica. Pero lo mejor vino en el túnel; aquel túnel acojonaba y a pesar de que jugábamos sin más público que nuestros familiares y algún nativo ocioso, aquel pasillo angosto parecía la boca del mismísimo infierno que amenazante susurraba: “sal si tienes huevos”.

En aquella época el Collao ya era vetusto, en realidad creo que siempre lo fue. Nació con solera. En los años veinte ya se daban tortas en su césped nuestros ancestros: (¡en pie!) El Real Alcodiam Deportivo y el Club Natación Alicante (descansen). De aquellos polvos vienen estos lodos porque, con altos y bajos, la rivalidad se ha mantenido latente, como cualquier herculano que haya acompañado al equipo por esos lares habrá podido percibir. A veces aderezada con tintes políticos, y es que Alcoy pugnó en su momento con Alicante por la capitalidad provincial. Aquella controversia decimonónica traslada todavía hoy un escozor degeneración en generación y cuando el Hércules juega en El Collao, ese DE-POR-TI-VO, DE-POR-TI-VO que ruge la grada para animar a los suyos esconde un significado oculto fácilmente descifrable: OS-VAIS-A-CAGAR LOS-DE-LA-CAPITAL.

Curiosamente el Collao y la Viña tuvieron una vida paralela. Ambos nacieron de la filantropía de un industrial de la localidad; el de la Florida, Prudencio de la Viña; el de la capital del Serpis, Francisco Laporta Boronat. El campo de la Viña inaugurado en el 1919, el de Alcoy en 1921. Ambos con diversas transformaciones y mejoras a lo largo de los años, y ambos con historias y vivencias en Primera, Segunda y Tercera División. Hoy solo El Collao sigue en pie, aunque presentes se mantengan ambos, uno a la vera de la Font Roja y el otro en la memoria de todos los herculanos.

El domingo (si consigo una de las escasas 200 y pico entradas) acudiré una vez más con los míos a Alcoy acompañando al Hércules. Me gusta esa ciudad empotrada entre montañas,pasear por sus puentes y plazas, comer una olleta y sobre todo, visitar su campo de fútbol,para mí el más bonito de la provincia (el Rico Pérez está fuera de concurso). No cambio El Collao por nada y no entiendo como nadie reivindica sus gradas como patrimonio de la humanidad. Ya tardan.