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Hombres de poca fe

Después de pasar el torno y ya fuera del alcance de la felina mirada del guardia de seguridad, saqué los tapones que había escondido en los bolsillos y los enrosqué con fruición en las aguas de los niños para meterlas de nuevo en la mochila con los bocatas. Pero tras esa ceremonia cansina de cada domingo, lo siguiente que hice al entrar al Rico Pérez no fue el habitual vistazo al césped para ver la alineación que el mister de turno ponía en liza, sino que levanté la mirada, y con avidez busqué el marcador con la misma ilusión que un niño mira bajo el árbol el día de navidad. Me quedé embelesado, casi deslumbrado. ¡Funciona! Confieso que si hace un mes alguien me hubiera dicho que el marcador iba a dejar de ser paranormal y que Portillo lo tendría que ver desde la grada, le habría dado el mismo crédito que al alcalde con lo de la subasta antes de Navidad. Pero ahí está; brillante y deslumbrante luciendo en la grada -el marcador, me refiero- así que por si acaso y visto lo visto, no reprocharé todavía nada a nuestra primera autoridad.

Pero después del subidón inicial que supuso la visión del simultáneo, pronto aterrizamos en la triste realidad de un equipo al que le siempre le da por enredarse en el peor momento, eso sí, con la inestimable ayuda de su entrenador, y para postre el árbitro remató la faena anulando injustamente un gol del casi inédito Mariano. Qué cruz. Lastimosamente el Hércules sigue siendo como esa manta corta llamada felicidad, que no hay forma humana de colocar sin dejar alguna vergüenza al descubierto. Días más tarde y para redondear la semana, reaparece la Castedo actuando en la Brugal y canta aquella copla de: “Yo a tu disposición chaval“, dedicada a nuestro ínclito líder; mientras Parodi -otro artista- hace los coros por el fondo con su ya famoso: “¡Más facturas!, ¡traed facturas!”. Todo un espectáculo.

Pero seamos sinceros, después de tantos años a nosotros ya no nos confunden, sabemos de sobra que el Hércules no es esto. O al menos no lo fue, no lo era, no lo debe ser. Así que nadie se llame a engaño, que queda mucha liga y todavía podemos ser primeros; que si no es mañana, pasado, todos estos tipos se irán y pagarán por lo que han hecho. Que Chechu volverá a zafarse de los rivales; que más pronto que tarde, Ortiz será solo un mal recuerdo, y el equipo que en su día imaginó Vicente Pastor volverá a ser campeón y señor. Tan cierto como que el domingo el marcador funcionó y Portillo lo vio desde la grada, hombres de poca fe.

INSOMNIO

No hay Club que no tenga en el salón de la fama de su memoria un puñado de goles históricos. En nuestro caso, lastimosamente no hay ninguno asociado a un título, pero por contra nuestro equipo es un dechado en ascensos y permanencias, y ahí sin duda se encuentra un gran nicho de satisfacciones.

Si tiramos de historia y hemeroteca, seguramente pondríamos en primer lugar aquel gol de Blázquez contra el Celta en el 35. Me refiero al año, claro, no al minuto de juego. Gol conseguido en un reluciente y abarrotado estadio de Bardín que nos daba nuestro primer ascenso a la máxima categoría. Pero después de aquel, afortunadamente llegaron algunos más. A bote pronto y por edad, me vienen a la memoria por supuesto el de Sanabria en el Bernabéu, y también el de Sigüenza en el pacense estadio del Vivero. Tampoco puedo olvidar el de Portillo. Sí, Portillo marcaba goles. Aquel en concreto fue contra el Rayo Vallecano en el Rico Pérez, y pocos herculanos me discutirían hoy que aquel gol en la penúltima jornada de la temporada del último ascenso a primera, no está grabado a cincel en su memoria.

Lo curioso del caso es que desde el domingo, Portillo será también al menos que yo sepa, el único jugador herculano cuyo recuerdo permanezca asociado, en un extraño juego de doctor Jekyll y mister Hyde, a un gol y también a un no-gol. El no-gol de Portillo en Cádiz. Porque aunque la comidilla de este partido ha sido el colegiado -juro que he visto abrazos familiares más penalti que el del Cádiz-, no podemos olvidarnos de esa última ocasión marrada. Aquel no-gol suponía la eliminación y mi correspondiente noche de insomnio intentando variar inútilmente el resultado.

Se lo crean o no, el no-gol también tiene su épica y seguidores. Por cierto, mi colección de no-goles estaba casi exclusivamente dedicada a la selección: El no-gol de Cardeñosa a Brasil, el no-gol de Eloy a Bélgica, el no-gol de Salinas a Italia… Por parte del Hércules tan solo figuraba hasta ahora, el no-gol de Farinós al Celta en la temporada 78. Me refiero a los puntos, claro, no al año. Así que me temo que la memoria del yernísimo me perseguirá inmisericorde por los siglos de los siglos. Amén.