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Desayuno en Bardín

Casi todos los días desayuno en Bardín. Mejor dicho, desayuno donde en su momento estuvo el estadio de Bardín. No se crean que me cae cerca, más bien me pilla a desmano, pero la querencia es la querencia y esos veinte minutos de camino todas las mañanas con la fresca se me hacen más que agradables. No es lo mismo madrugar para ir a trabajar que hacerlo para ir al Bardín. Entre nosotros: no hay color.

Si pudiera lo haría en el Rico Pérez pero aquello es un páramo; incluso los días de partido. Me parece un negocio tan redondo montar un bar de ambiente herculano en los bajos del estadio que sinceramente, no encuentro una razón para que nadie lo haya pensado todavía. Si de verdad ninguno ha caído en la cuenta, cedo gustoso la propuesta. Pero me temo que el problema será lo de siempre, y es que lo urgente no deja ver lo importante. Sin embargo, no pierdo la esperanza de algún día poder disfrutar de un buen arroz en las entrañas del Rico Pérez momentos antes de que los nuestros salten al césped.

Mientras ese feliz día llega me conformo con mis visitas a Bardín. A veces me tomo la tostada y el café en el “Fresas”, un bar heladería que está justo enfrente de donde estaba la tribuna. Allí me siento en la barra, siempre hacia la posición del interior derecha, y así, a poco que giro la mirada puedo perderme en esa preciosa foto que tienen en la pared mostrando una vista aérea del estadio en sus años finales, cercano ya el ocaso de la bombonera. Nada más por ver aquella instantánea de los años 60 ya merece la pena la visita.

Pero casi siempre acudo al café “París”. Allí no hay foto pero sí escudo y bufanda, así que me siento como en casa, a lo que sin duda también ayuda el buen hacer del siempre amable Roberto y su esposa. Es especular pero calculo que la mesa donde habitualmente me siento a desayunar y leer la prensa del día, está tal cual donde estaba el córner del gol sur. Lo que vendría a ser el córner Kempes en el actual Rico Pérez. No tengo la certeza, pero la intuición me dice que fue precisamente en ese fondo donde Blázquez marcó aquel gol de nuestro primer ascenso en el 35. Así que en ocasiones me acerco al aseo que queda más o menos por donde estaría el área chica, cierro los ojos e imagino aquella tarde de abril: un centro al área desde la derecha, un descuido de los centrales que provoca un balón dividido, y un latigazo al fondo de la red sin que Pedrín, guardameta celtiña, tuviera nada que hacer. Gol de Blazquez, uno a cero y a primera. El Bardín se viene abajo.

Todavía hoy al tirar de la cadena se oye, si escuchas con atención, la algarabía de la grada tras el gol. Eso nos queda.