AMARCORD

Entre fracasos y despedidas últimamente se está llorando mucho por Romeu Zarandieta. Reconozco que yo también estuve en un tris el otro día al ver a nuestro apoderado en la zona noble del Martínez Valero. ¿Se imaginan a Florentino Pérez acudiendo al palco del Calderón? Pues en ese nivel nos movemos. Así que vencido por la tristeza y la melancolía me ha dado por escuchar fados y ver películas antiguas. Una de mis favoritas es sin duda Amarcord, debilidad que como la del Hércules, es una herencia sentimental. Fue mi padre el que me introdujo en la película de Fellini de igual manera que lo hizo con el equipo blanquiazul y con tantas otras cosas. No le guardo rencor no crean.

Como al protagonista de la película me ha dado por recordar. Y es que para bien o para mal pertenezco a una generación que creció utilizando el “macho Hércules” a modo de saludo y eso marca. Se me hace insoportable esta levedad actual del equipo que alumbró el Chepa en el infrafútbol de la Segunda B. Si usted tiene más de 50 años sabrá de qué le hablo, pero puede que al resto les resulte difícil asimilar esto: hubo una época en la que fuimos capaces de construir un estadio mundialista, jugar ocho años seguidos en Primera División plantándole cara a los grandes, disputar unos cuartos de final de Copa y tocar Europa con la punta de los dedos. Se lo crean o no es verdad, yo estuve allí y lo vi, lo juro.

Cómo habrá cambiado el cuento hoy en día que hasta el advenimiento de Ramírez y su proyecto crea ilusión. Les confieso que a mí esto de que alguien tenga un plan sobre el Hércules ya de entrada me emociona, soy un sentimental no lo puedo evitar. Llevamos tantos años dando bandazos y cambiando de rumbo que como mínimo “el del plan” creo que se merece una oportunidad. La cuestión es ¿le dejarán? ¿cederá Ortiz por fin la manija? ¿vestiremos de franjiazul el año que viene?

Puestos a ser positivos y agarrándonos a la historia -que es básicamente lo que nos queda-, me viene a la mente otro Vizcaíno que tuvimos como presidente allá por los albores del Club, José Antonio de Larrinaga y Gorostiza, originario de Durango y al que Vicente Pastor, de oficio fundador, supo con su buen hacer atraer a la órbita herculana. Aquel empresario vasco se mantuvo en el cargo desde 1931 hasta el comienzo de la guerra civil, y junto con Renato Bardín, Agustín Gosálvez, el propio Vicente Pastor y otros muchos herculanos de bien, formaron parte de un grupo de directivos de leyenda que consiguieron construir un estadio de primer nivel y llevar al equipo a la Primera División en la temprana fecha de 1935. Casi ná.

El futuro quitará o dará razones. Pero de momento me están dando ganas tremendas de subirme a un árbol y gritar con todas mis fuerzas: “¡Yo voglio un capocannoniereeri!”

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